martes, 12 de abril de 2011

Mi nombre no es mi nombre

Yo no soy Faustino.

Menudo verdaderódromo he montado cuando, nada más entrar, ya comienzo a traicionar el espíritu que quiero imponer. Pero creo que es obvio, o lo llegará a ser, que no puedo dar mi verdadero nombre. Además, no sería oportuno. El mío no es el nombre de alguien que va con la verdad por delante. No. El mío es el nombre de un embustero profesional. Sí, soy publicista. 

Al comenzar con este cuaderno de confesiones no lo dudé: necesitaba un nombre honrado. El de mi padre. Faustino. 

Faustino era uno de esos hombres que creían en las palabras. Lo que salía de su boca era ley. Y si por error, o desconocimiento, o inducido por otro, salía algo indigno de ella no descansaba hasta corregir las faltas que creía haber ocasionado. Lo dicho era un compromiso inquebrantable. Si te daba los buenos días te los deseaba sinceramente. Si no, simplemente se anunciaba con un "hola" insignificante. Sólo decía adiós a amigos moribundos, o a enemigos con los que nunca más habría de hablar. El resto de despedidas eran encomiendas del tipo hasta, algún nos vemos o en casos especiales un significativo hablamos. Cuando mi padre te decía que te llevaría a tal o cual sitio, o que te compraría tal o cual cosa, podrías darlo por hecho. De igual manera cuando decía que no, así bajara Dios en persona para concederte tu deseo que él se lo impediría. Ese honor atado a la lengua le trajo más de un problema. Faustino era carne de cañón para tipos como yo. Incluso lo fue para mí. Con el tiempo mi padre comenzó callar. Se dio cuenta de que, en general, le salía más rentable el silencio. Sólo hablaba con aquellos con los que sabía seguras sus palabras. Al final sólo mi hermano era digno de su confianza. Hasta le hizo prometer que no comentaría sus charlas con nadie. Y claro, él, honrado con ese tesoro, no faltó a la promesa. Cuando le preguntaba se limitaba a dar un parte médico. No es que me importara demasiado, al fin y al cabo mi padre ya me dejó las cosas claras. Sí, fui digno de uno de sus adioses. Tal vez del último que dirigió. Supongo que al despedirse de mi hermano le diría adiós. Pero el buen hijo ni siquiera rompió el secreto de confesión tras la muerte de Faustino. No es que me importen las últimas palabras de mi padre. Puedo imaginármelas. Puedo imaginar cómo advertiría a mi hermano sobre mí, cómo se quejaría de mi falta de honestidad, cómo lamentaría que no hubiera aprendido nada de él. O, tal vez, tras aquel adiós no volví a ocupar la boca de mi padre ni su pensamiento.

Menudo verdaderódromo que he inaugurado mintiendo. Porque yo no soy Faustino. No soy mi padre. Ni tampoco quiero serlo. Y, sin embargo, lo quiero.


10 comentarios:

Edwin dijo...

Me dió mucho gusto leerle, Señor Embustero. Que a mí, mis papás me educaron como pudieron.

Edwin dijo...

Me dió mucho gusto leerlo, Señor Faustino.

Faustino dijo...

Gracias, Edwin. Aunque, siendo sincero, no te recuerdo. Me ha hecho gracia que seas mi primer comentarista. Me da que es un truco para ganar un seguidor. Bueno. Esta vez te ha salido bien. Te compro, cantero.

Anónimo dijo...

Bravo.

Si tiene usted que ser un hijo de puta para escribir así, sea.

Le seguiré los pasos...

Rebeca Goyri dijo...

Tienes suerte. Mi padre es muy distinto.

no-Faustino dijo...

Rebeca, no entiendo bien tu comentario. Tu padre es muy distinto ¿del mío? entonces ¿es como yo? ¿Por eso tengo suerte?
¿No estarás cruzada de piernas, verdad? Mira que llevo una temporadita un tanto soltero...

Un beso, de todos modos

Rebeca Goyri dijo...

Eso lo escribí antes de ver tu educativo mensaje en mi blog.

Seamos sinceros, pues:

tienes suerte porque tuviste un padre como el tuyo. Y tienes mucha culpa por haberte convertido en un hombre como mi padre.

Los comentarios en el blog son duros a ratos, pero tienen su aquel tierno. Como la última frase de esta entrada, ese reconocimiento de que quieres a tu padre. Sin embargo, oye, te pones a hablar con la gente y tienes que cagarla una y otra vez.

¿Cruzada de piernas? Jajajaja. Todavía lo tienes en mente, ¿eh? ¿Por eso te metes conmigo, porque te pongo? Relájate, que no hay peor cosa que parecer necesitado. Ya lo siento pero, en mi caso, a menos que cambie mucho todo te vas a quedar con las ganas.

Y no me extraña que lleves tiempo soltero, pobre, habrá salido espantada. Y lo que te cundirá, moreno.

Un beso también, por supuesto. Así, lanzado al aire y desde lejos.

pd igual moderas este comentario y no lo sacas. Pero, bueno, lo habrás leído. Y si no lo sacas, borraré los tuyos de mi blog.

Adiós, amor, buen viaje ;)

no-Faustino dijo...

Jajajaja, esperaba esta reacción y la buscaba, para qué negarlo. Seguro que estás guapísiama con el ceño fruncido. Vaya, sí, seguramente me pongas, como todas por otro lado. Después de semana santa voy al norte así que, como decía mi abuelo: nunca digas de esta agua no beberé, este cura no es mi padre o esta picha no me cabe.

Al final nos caeremos bien y todo. Al tiempo.

Por cierto, sólo censuro comentarios con enlaces publicitarios descarados (por publicitar vuestros blogs no os voy a cortar las manos, es intrínseco a este mercadeo de palabras) Otra cosa es que tarde en aprobarlos.

Rebeca Goyri dijo...

Vale, eso me parece bien (pienso borrar los enlaces, cierto). Pena que a veces seas algo bruto. Hasta tienes tu aquel cuando te pones razonable.

Blanca dijo...

Estupenda pelea ¿de enamorados? no se que ha sido más interesante si ella o el post.

Saludos